Románticos de izquierda y derecha.
La guerra que nunca fue, románticos de izquierda y derecha.
En la tradición marcial existe una advertencia elemental: “cuando un guerrero va a la batalla aceptando las reglas del enemigo, luchando en su terreno y bajo sus términos, ese guerrero está destinado a perder.”
Vivimos en una época que se presenta a sí misma como profundamente política. Es verdad, hoy todo mundo habla de política a cualquier hora y en cualquier lugar: se habla en escuelas, en restaurantes, en las reuniones familiares, en las iglesias, ancianos en el parque, niños ya discuten de política mientras juegan, incluso se habla de política en los congresos. Ningún lugar se salva.
Se nos ha convencido de que el mundo está dividido, que hay una batalla en curso entre derechas e izquierdas y que cada uno debe elegir de qué lado está. Pero ¿y si la guerra que creemos se está librando no es real?
Durante décadas se nos ha enseñado a mirar la realidad a través de un simple eje: izquierda y derecha. Como si toda la complejidad humana, histórica y moral pudiera reducirse a dos polos enfrentados. Esta narrativa no sólo simplifica el mundo: lo empobrece.
Porque cuando todo se reduce a dos bandos, la reflexión se sustituye por reacción. La búsqueda de verdad se cambia por lealtad emocional. Y la conciencia se diluye en consignas.
Para entender esto hay que retroceder al origen.
Los términos “izquierda” y “derecha” no nacen como categorías morales, ni filosóficas, ni espirituales. Nacen como una disposición física en la Asamblea Nacional durante la Revolución Francesa. A un lado se sentaban los más radicales; al otro, los más moderados. No representan dos visiones opuestas del bien y del mal, sino dos estrategias distintas para alcanzar el poder tras la caída del antiguo régimen.
Desde su origen, izquierda y derecha fueron categorías tácticas, no morales. Sirvieron para organizar fuerzas, no para definir la verdad.
Con el tiempo, estos términos se cargaron de ideología, emociones y símbolos. Se convirtieron en identidades. Ya no se trataba de ideas que se discutían, sino de bandos a los que se pertenecía. La política dejó de ser un espacio de deliberación racional para convertirse en un campo de lealtades afectivas. Ahí comienza la ilusión.
Porque mientras el ciudadano cree estar participando en un conflicto decisivo entre dos visiones irreconciliables del mundo, el verdadero poder opera en otro nivel. Un nivel donde izquierda y derecha no se enfrentan, sino que se alternan. Donde no se destruyen, sino que se necesitan. Donde la confrontación visible sirve para ocultar acuerdos invisibles.
La división funciona porque apela a la emoción, no a la inteligencia. El ciudadano es invitado a elegir bando, no a comprender el sistema. A indignarse, no a recordar. A reaccionar, no a pensar. Así nace una figura política fundamental de nuestro tiempo: el político romántico.
No se trata del ciudadano honesto que busca el bien común, sino de aquel que necesita creer que está librando una gran batalla moral. El romántico político se define más por la emoción que por el análisis, más por la identidad que por la verdad.
El romántico de izquierda cree luchar contra la opresión. El romántico de derecha cree luchar contra la decadencia. Ambos creen estar resistiendo al poder. Y ambos están equivocados.
Puede ser romántico de izquierda o romántico de derecha. La diferencia es estética, no estructural. Ambos comparten una misma lógica: creen que el conflicto es real, que el adversario es absoluto y que su bando representa, por sí mismo, el bien. Mientras tanto, el poder real permanece fuera de su alcance.
Y aquí aparece la pregunta que rompe el hechizo:
¿Qué decisiones fundamentales han cambiado realmente con la alternancia entre izquierdas y derechas?
¿Ha cambiado la lógica del poder?
¿Ha cambiado la relación entre verdad y política?
¿Ha cambiado la dignidad real de la persona humana?
Cuando se mira con honestidad, la respuesta suele ser incómoda.
La división izquierda–derecha, tal como se presenta al ciudadano común, es menos una lucha real y más un teatro político. Un escenario donde se discuten medios, estilos y discursos, pero rara vez los fines últimos. Un juego que promete participación, pero ofrece sustitución: se participa en la discusión, no en la decisión.
Mientras el ciudadano no entienda esto, seguirá jugando un juego que no puede ganar. Seguirá creyendo que el enemigo está enfrente, cuando en realidad el problema está más arriba. Seguirá defendiendo etiquetas, cuando lo urgente sería recuperar criterios.
Este ensayo no busca decirle a nadie qué pensar, sino desde dónde pensar. Porque una sociedad sin inteligencia para la verdad es fácilmente dividida. Y una sociedad dividida es fácilmente gobernable.
La verdadera batalla no es entre izquierda y derecha. Es entre verdad y manipulación. Entre la memoria y la amnesia. Entre ciudadanos conscientes y masas románticas.
Romper este hechizo no es cómodo. Pero es el primer acto genuinamente político que aún está al alcance del hombre libre.