María no funda sectas: confirma la Iglesia, no la sustituye
Columna de Opinión
Por: Víctor Salazar
*La Voz Silenciada de María y la Apostasía del Poder
*Una reflexión dogmática sobre la fidelidad, la corrección profética y la verdadera Iglesia
A lo largo de la historia, las apariciones marianas han sido objeto de controversia, devoción y, en no pocos casos, de incomodidad para la propia jerarquía eclesiástica. Sin embargo, un análisis teológico serio y desapasionado revela una paradoja profundamente reveladora: las apariciones de la Virgen María confirman inequívocamente que la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Cristo, al mismo tiempo que denuncian los desvíos de su jerarquía cuando esta se aparta de su misión original.
Esta doble afirmación —aparentemente contradictoria— es, en realidad, coherente con la lógica del Evangelio y con la historia misma de la salvación.
María no funda sectas: confirma la Iglesia, no la sustituye
Un elemento común, constante y teológicamente significativo en todas las apariciones marianas reconocidas es el siguiente: María jamás envía a los videntes fuera de la Iglesia Católica.
Nunca los dirige hacia sectas, movimientos paralelos o rupturas doctrinales.
Nunca los remite a comunidades disidentes ni a nuevas “revelaciones” autónomas.
Nunca los separa de la sucesión apostólica. Por eso las sectas niegan las apariciones Marianas, al grado de decir que son inventos o apariciones diabolicas. Reconocerla es admitir que ellos estan mal.
Por el contrario, incluso cuando se aparece a niños, campesinos o personas sin formación teológica, siempre les pide que acudan al obispo, al párroco, al cardenal o a la autoridad eclesiástica correspondiente. Desde una perspectiva dogmática, esto es decisivo: María reconoce la autoridad sacramental y apostólica de la Iglesia, aunque al mismo tiempo interpela severamente a quienes la ejercen de forma infiel. No hay aquí una negación de la Iglesia; hay una llamada a su purificación.
La corrección profética: amar la Iglesia no es idolatrarla
La tradición bíblica enseña que Dios nunca ha confundido fidelidad con complacencia. Los profetas del Antiguo Testamento no fundaron religiones nuevas; denunciaron los desvíos del sacerdocio y del poder desde dentro del pueblo elegido. Jeremías, Isaías, Amós o Ezequiel no eran enemigos de Israel: eran su conciencia incómoda.
En esa misma línea, la Virgen María actúa como figura profética intraeclesial. Su mensaje no destruye la Iglesia; la confronta consigo misma. Cuando advierte sobre la conversión, el pecado, el castigo o la apostasía, no está atacando el depósito de la fe, sino señalando cómo ese depósito ha sido oscurecido por: el exceso de ritualismo vacío, la acumulación de tradiciones humanas sin espíritu evangélico, la búsqueda de poder, prestigio o control y la pérdida del sentido misionero y pastoral auténtico. María no desautoriza la Iglesia; desautoriza la infidelidad dentro de la Iglesia.
Apostasía no es ruptura doctrinal: es abandono del espíritu de Cristo
Desde el punto de vista teológico, la apostasía no siempre adopta la forma de herejía explícita. Existe una apostasía más sutil y peligrosa: la apostasía del corazón, aquella en la que se conserva el lenguaje religioso, pero se vacía el contenido evangélico. Cuando las apariciones marianas advierten sobre castigos, crisis internas o pérdida de fe, no están anunciando el fin de la Iglesia, sino el alejamiento de muchos de su verdadera misión. La Iglesia sigue siendo santa por su origen y por su Cabeza —Cristo—, pero puede estar gravemente enferma en sus miembros.
Lutero y Calvino: síntomas incómodos de una crisis real
La historia confirma que cuando la corrección profética es silenciada, la ruptura se vuelve inevitable. Los casos de Martín Lutero y Juan Calvino no pueden entenderse únicamente como rebeliones personales o herejías aisladas; fueron también el resultado de desviaciones reales dentro de la jerarquía eclesiástica de su tiempo. Corrupción moral, venta de indulgencias, clericalismo extremo, distorsión del mensaje evangélico: todo ello fue denunciado inicialmente desde dentro. El problema no fue solo lo que Lutero y Calvino dijeron, sino que la Iglesia institucional respondió más con poder que con conversión.
Aquí se revela una enseñanza dura pero necesaria: cuando la jerarquía no escucha la corrección legítima, Dios permite eventos históricos incómodos como consecuencia pedagógica, no como aprobación del error, sino como juicio sobre la infidelidad. Las apariciones marianas, al anticipar y advertir sobre la corrupción interna, pueden leerse como intentos preventivos que, cuando no son atendidos, dan paso a fracturas mayores.
María como Madre y como juez moral
Desde una teología mariana madura, María no es solo consuelo; es también criterio. No reemplaza a Cristo, pero conduce inexorablemente a Él. No debilita la Iglesia, pero la obliga a mirarse sin maquillajes. Su autoridad no es jurídica, sino moral y espiritual.
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Por eso incomoda.
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Por eso se intenta minimizar sus mensajes.
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Por eso se reducen sus advertencias a devociones inofensivas.
Sin embargo, el hecho de que María siga remitiendo a la autoridad eclesial demuestra que la Iglesia sigue siendo el canal legítimo de la gracia, aun cuando algunos de sus ministros hayan traicionado su vocación.
Conclusión: fidelidad crítica, no obediencia ciega
Las apariciones marianas nos colocan ante una exigencia espiritual elevada: ser fieles a la Iglesia sin ser cómplices de su corrupción. Creer que la Iglesia Católica es la verdadera no implica negar sus sombras. Reconocer la autoridad apostólica no exige cerrar los ojos ante la desviación. Permanecer en la fe no significa renunciar al discernimiento.
María enseña, con su silencio elocuente y sus mensajes incómodos, que la verdadera obediencia es a Cristo, y que toda autoridad —incluso la eclesial— solo es legítima en la medida en que permanece fiel a Él. En tiempos de confusión, la Virgen no nos llama a huir de la Iglesia, sino a habitarla con conciencia, vigilancia y fe adulta, sabiendo que: La Iglesia es de Cristo, pero no todos los que la gobiernan lo representan fielmente.
Y precisamente por eso, María sigue hablando.