La Navidad y la lucha metafísica que muchos no quieren nombrar

Por Editor • 31 Dic 2025, 16:11
La Navidad y la lucha metafísica que muchos no quieren nombrar

Cada diciembre reaparece el mismo discurso: “la Navidad es pagana”, “no es bíblica”, “es herencia de Saturnalia, “Cristo no nació ese día”. Quienes lo repiten suelen presentarse como estudiosos, críticos ilustrados o defensores de un supuesto “cristianismo original”. Pero detrás de esa narrativa no hay solo historia: hay una disputa metafísica profunda que rara vez se menciona. Para entenderlo conviene mirar más allá del debate superficial sobre fechas, imágenes o tradiciones, y preguntarnos por qué la Navidad incomoda tanto. El mundo antiguo —griego, romano, cananeo, egipcio— convivía con múltiples dioses sin mayor conflicto. Roma permitía cultos diversos porque ninguno reclamaba exclusividad. Los dioses eran locales, simbólicos, funcionales. Podían coexistir. Ese pluralismo religioso no era tolerancia moderna: era relativismo ontológico. Aquí es donde el análisis de Mircea Eliade resulta útil —cuando se lee con rigor y no como arma ideológica. Eliade explica que, para el ser humano antiguo, lo sagrado se manifestaba de forma fragmentada: en mitos, ritos, ciclos, astros, fuerzas de la naturaleza. Lo sagrado no entraba en la historia: se repetía. Pero con el cristianismo ocurre algo radicalmente distinto. La fe cristiana no presenta una nueva hierofanía, ni un dios más en el panteón. Afirma algo explosivo: Dios entra en la historia como Persona. No como símbolo, no como arquetipo, no como mito cíclico, sino como acontecimiento único. Eso rompe el esquema antiguo. Y ahí nace la verdadera lucha. Cuando Cristo es proclamado como Dios verdadero, todos los demás dioses quedan despojados de estatus. Ya no son “otras manifestaciones”, sino ídolos o fuerzas derrotadas. Por eso el cristianismo no fue perseguido por intolerante culturalmente, sino por intolerable metafísicamente. Este es el punto que muchos “críticos modernos” omiten. Hoy se intenta reducir a Cristo a símbolo, a mito, a construcción social. Se usan teorías académicas —muchas de ellas descriptivas, no teológicas— para afirmar que “Dioses, demonios y fe son solo ideas”. Incluso Douglas Allen, uno de los críticos serios de Eliade, advierte que ese uso reductivo no está en Eliade, sino en lectores ideologizados que confunden análisis con negación. Y aquí entra la Navidad. La Navidad no molesta porque sea una fecha discutible. Molesta porque afirma que: el tiempo ya no es solo cíclico, la historia tiene sentido, y Dios no es una idea, sino alguien que irrumpe en ella. Por eso se la ataca desde la historia selectiva, desde el “no está escrito”, desde el “todo es pagano”. No es una discusión inocente: es una estrategia de vaciamiento. Si la Encarnación se vuelve mito, la fe se vuelve opinión. Y si todo es símbolo, nada es verdad. Resulta paradójico que se llame “paganismo” precisamente a aquello que destruyó el paganismo. El cristianismo no triunfó adaptándose a los dioses antiguos, sino negándolos. Por eso el Imperio primero lo persiguió y luego, al no poder destruirlo, tuvo que enfrentarse a él. La pregunta entonces no es si Cristo nació el 25 de diciembre. La pregunta es por qué su nacimiento sigue siendo una amenaza. Porque la Navidad no celebra un ciclo solar. Celebra que el cielo entró en la historia. Y eso —ayer como hoy— incomoda a muchos.