El Credo Niceno frente a los nuevos enemigos de la fe
En tiempos de confusión moral, relativismo doctrinal y cristianismos diluidos, volver a los credos no es un ejercicio arqueológico, sino un acto de defensa espiritual. Particularmente, el Credo Niceno sigue siendo incómodo hoy porque no se adapta al mundo, sino que lo confronta.
El Credo Niceno no nació para adornar la liturgia, sino para defender la verdad revelada frente a ataques directos contra la identidad de Cristo. Fue proclamado en el Concilio de Nicea cuando la Iglesia enfrentó una de sus mayores crisis: la negación de la divinidad de Jesucristo.
Allí se afirmó con claridad que Cristo es “verdadero Dios de verdadero Dios, engendrado, no creado, consustancial al Padre”. No hay ambigüedad posible. No hay espacio para un “Jesús simbólico”, “maestro moral” o “profeta iluminado”. El Credo fija límites porque la verdad necesita ser protegida.
El Credo Apostólico es más antiguo y sencillo. Resume la fe de la Iglesia primitiva y fue usado principalmente para la catequesis y el bautismo. Narra la fe.
El Credo Niceno, en cambio, define la fe. Utiliza un lenguaje preciso porque responde a herejías concretas. No se limita a decir qué creemos, sino quién es Cristo en su naturaleza divina. Por eso es doctrinalmente más exigente… y más incómodo.
En el año 381, el Concilio de Constantinopla amplió el Credo Niceno para afirmar claramente la divinidad del Espíritu Santo, frente a quienes lo reducían a una fuerza impersonal. Así nació el Credo que hoy se reza en la misa: el Niceno-Constantinopolitano.
Este agregado no fue un “cambio”, sino un blindaje doctrinal: la Trinidad quedaba plenamente afirmada frente a nuevos errores.
Las amenazas contra la fe no son nuevas. Arrio intentó deslegitimar a Cristo desde dentro del cristianismo, negando su divinidad. Celso, desde fuera, ridiculizó la fe cristiana como irracional.
Hoy, sus herederos reaparecen con otros nombres:
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ideologías que reducen a Cristo a símbolo,
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espiritualidades que niegan la verdad objetiva,
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proyectos culturales que atacan la moral cristiana,
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cristianismos sin cruz, sin dogma y sin autoridad.
El Credo sigue siendo incómodo porque sigue desmintiendo estas falsificaciones.
A pesar de cismas, persecuciones y errores humanos, la Iglesia Católica ha custodiado la verdad revelada en Cristo durante dos mil años. No por poder político, sino por fidelidad doctrinal. Los credos son la prueba histórica de esa defensa: no fueron creados para dominar, sino para preservar la fe.
Reflexión final
La existencia misma del Credo Niceno demuestra una verdad incómoda para muchos:
hay enemigos antiguos y modernos de la cristiandad, y siempre los ha habido. Algunos atacan desde fuera; otros, desde dentro. Por eso el cristiano no puede vivir distraído ni ingenuo.
Ser católico hoy exige vigilancia, formación y valentía.
Volver al Credo no es retroceder: es recordar quién es Cristo y quiénes somos nosotros.
Porque cuando la fe se debilita, la moral se derrumba.
Y cuando se borra a Cristo, se deshumaniza al hombre.
Defender el Credo es defender la verdad.
Y defender la verdad es un deber, Cristiano no una opción.