Cuando me encontré con un seudo-cristiano que niega el purgatorio
Columna de opinión por: Víctor Salazar
Quiero contarles algo que me pasó recientemente, porque no fue una simple discusión en redes: fue un encuentro frontal con una forma de cristianismo que muchos de ustedes también se están topando… y que confunde, acusa y juzga.
Me encontré con una persona que dice amar a Cristo, pero no al Cristo vivo de la Iglesia, sino a un cristianismo recortado, armado a conveniencia. Un cristianismo que mezcla deliberadamente el Antiguo y el Nuevo Testamento, que vuelve una y otra vez a la Ley de Moisés, y que al mismo tiempo se presenta como “evangélico puro”, acusando a los católicos de herejía por creer en el purgatorio.
Su acusación fue clara y tajante:
“Creer en el purgatorio resta valor al sacrificio de Jesús en la cruz. Si Cristo perdonó, ya no hay nada más que pagar.”
Así, sin matices. Sin justicia. Sin profundidad.
Yo le respondí algo que quiero compartir aquí, porque no fue una respuesta para ganar una discusión, sino para defender la fe católica y para que otros no se dejen intimidar por ese discurso.
Le dije —y lo sostengo— que nadie niega la eficacia total de la sangre de Cristo. Eso es un falso dilema que se repite como consigna. El problema no está en el perdón, sino en confundir perdón con santidad automática. El cristianismo nunca enseñó que el alma humana, herida por el pecado, queda ontológicamente perfecta en el instante de creer. Enseñó que la gracia salva, sí, pero que la justicia de Dios ordena, purifica y transforma.
Ese “cristianismo diferente” que me encontré quiere un Dios que perdona, pero no juzga; un Cristo que salva, pero no exige transformación; una cruz que absuelve, pero no sana. Y eso no es el cristianismo histórico, ni el bíblico, ni el apostólico. Es una versión cómoda.
También me acusó de “volver al Antiguo Testamento” por hablar de justicia y consecuencias. La ironía es enorme, porque es él quien regresa a la Ley, mezclando sin coherencia el AT y el NT, usando a Moisés cuando conviene y descartándolo cuando incomoda. Nosotros, los católicos, creemos que Cristo cumple la Ley, no que la anula ni que la reaplica a conveniencia. La eleva, la trasciende y la lleva a su plenitud.
Le recordé algo que muchos olvidan —o prefieren olvidar—: Jesús no solo murió; descendió a los infiernos, al Hades o Seol, la morada de los muertos, para liberar a los justos que esperaban la redención desde Adán y Eva. No al infierno de los condenados, sino a un estado intermedio real. Negar cualquier purificación después de la muerte es negar ese descenso, negar una parte central del Credo cristiano.
Y como católico, también le hablé de la Tradición, esa palabra que tanto incomoda al “solo Biblia”. Le mencioné la promesa del Escapulario de la Virgen del Carmen, donde la Virgen promete auxiliar y liberar del purgatorio a quienes hayan vivido en fidelidad y devoción. Le recordé la visión atribuida al papa Juan XXII, conocida como la Bula Sabatina (Sacratissimo uti culmine), donde el purgatorio no es una metáfora, sino una realidad mencionada sin rodeos.
Su reacción fue la que muchos ya conocen:
“Si no está en la Biblia, no es verdad.”
Y ahí entendí que ya no estaba dialogando con un cristiano abierto a la verdad, sino con alguien que ama un cristianismo distinto, uno que juzga a la Iglesia, reduce la fe a consignas y convierte el Evangelio en un manual de citas aisladas.
Por eso quiero decirles esto, con claridad y sin miedo:
Creer en el purgatorio no resta valor al sacrificio de Cristo. Lo afirma.
Creer en la purificación del alma no niega la cruz. La aplica.
Y negar el purgatorio no es señal de mayor fe, sino de una fe empobrecida, incapaz de asumir la justicia y la santidad de Dios.
Esta experiencia la comparto para que otros católicos no se sientan en falta, ni se dejen acusar por defender los dogmas de la Iglesia. Nuestra fe no es improvisada ni superficial. Es profunda, coherente y completa.
Por mi parte, dejé claro que no seguiría una discusión sin fin, donde cada quien interpreta la Escritura a su gusto para “ganar”. Si alguien cree que venció por citar más versículos, ese será su problema. Yo sé en qué Iglesia creo y por qué.
Que esta experiencia sirva para fortalecerlos.
La fe católica no se defiende gritando más fuerte, sino entendiendo mejor lo que creemos.