Cuando el poder tantea la fe: el peligroso juego de Arturo Ávila
Columna de Opinión
Por: Víctor Salazar
No existen las casualidades en política. Mucho menos cuando se trata de la religión, un terreno históricamente sensible en México. La iniciativa promovida por Arturo Ávila Anaya, diputado de Morena, para “regular” el discurso religioso en medios digitales no fue un error técnico ni un malentendido legislativo: fue un ensayo de control, una medición de fuerzas, un globo sonda lanzado para observar hasta dónde puede estirarse la cuerda sin que la sociedad reaccione.
Se ha querido suavizar el fondo del asunto con un discurso tecnocrático: derechos digitales, neutralidad de la red, prevención del odio. Pero el problema nunca fue el uso de los medios digitales por parte de las instituciones religiosas; el problema fue —y sigue siendo— el contenido. Porque controlar lo que se dice es, en los hechos, equivalente a controlar si se puede decir. Cambiar la forma no altera el fondo: es censura.
Decir que no se prohíbe la fe, pero sí se regulan sus palabras, es como afirmar que no se prohíbe pensar, solo expresarse. Una trampa semántica tan burda como peligrosa.
Un eco inquietante del pasado cristero
Resulta imposible no ver un paralelismo histórico alarmante. México ya vivió las consecuencias de un Estado que creyó tener autoridad moral y política para disciplinar la fe. Durante el gobierno de Plutarco Elías Calles, las restricciones legales al culto desembocaron en la Guerra Cristera, uno de los episodios más sangrientos y vergonzosos de nuestra historia moderna.
Entonces, como ahora, se argumentaba que no se atacaba la religión, sino que se “ordenaba” su ejercicio. Entonces, como ahora, se usó el lenguaje de la ley para justificar la persecución. Pensar que ese pasado no tiene lecciones es una muestra de ignorancia histórica o de soberbia ideológica. En ambos casos, grave.
La terquedad de Arturo Ávila no es menor: revela una alarmante falta de cultura histórica y una desconexión absoluta con la memoria nacional. No se puede legislar sobre religión en México sin entender el trauma cristero. Quien lo hace, o no sabe lo que hace, o sabe perfectamente lo que provoca.
La matriz ideológica detrás del intento
Este tipo de iniciativas no surgen en el vacío. No son ocurrencias individuales. Responden a una visión profundamente anticlerical, que en Morena se disfraza de progresismo, pero que en el fondo expresa un ateísmo militante, intolerante y resentido. No se trata de neutralidad del Estado; se trata de hostilidad hacia la cosmovisión cristiana, particularmente cuando esta incomoda al relato ideológico dominante.
Porque el cristianismo no es neutral. Nunca lo ha sido. Afirma verdades morales. Dice “no matarás”, y eso incomoda a los violentos. Dice que la vida tiene dignidad, y eso molesta a quienes la relativizan. Dice que hay un orden moral, y eso enfurece a quienes viven de su disolución.
Pretender que esos principios constituyen discurso de odio es una perversión conceptual. Sería tan absurdo como afirmar que un asesino puede sentirse “ofendido” porque la Iglesia condena el homicidio, o que quienes promueven desviaciones sexuales deben ser protegidos de las palabras de Cristo porque estas les incomodan. Nombrar el pecado no es odiar al pecador. Eso lo sabe cualquier persona mínimamente formada.
No confundan libertad religiosa con ingeniería social
La libertad religiosa no se negocia, no se regula por modas digitales ni se somete a agencias burocráticas. Mezclarla con supuestos derechos digitales es un error conceptual deliberado. La fe no es un algoritmo, ni la moral cristiana un problema de moderación de contenidos.
México no necesita diputados que jueguen a provocar conflictos civilizatorios para ganar reflectores o complacer a una base ideológica radicalizada. Necesita legisladores con memoria, con cultura y con respeto a las libertades fundamentales.
La propuesta de Arturo Ávila fue retirada, sí. Pero el intento quedó registrado. Y eso es lo verdaderamente preocupante. Porque quien intenta censurar una vez, volverá a intentarlo si no encuentra resistencia clara.
La sociedad mexicana debe estar alerta. La historia ya nos enseñó adónde conducen estos caminos. Y no fue precisamente a la paz, ni a la justicia, ni a la libertad.