Anatomía de la confusión global actual

Por Editor • 18 Ene 2026, 16:52
Anatomía de la confusión global actual

Columna de Opinión

Autor: Genaro Portillo

La anatomía de la confusión global actual

El mundo sin verdad

En el texto anterior hablábamos de una inteligencia olvidada: la capacidad humana de reconocer la Verdad. No como una opinión más, no como una construcción subjetiva, sino como un referente objetivo capaz de orientar la vida personal y social. Hoy conviene avanzar un paso más y formular una pregunta incómoda, pero necesaria:

¿qué ocurre cuando una sociedad pierde esa inteligencia?

La respuesta no es abstracta. Se puede observar con claridad en el escenario internacional actual. Nunca habíamos tenido tanta información, tantos análisis, tantos expertos, tantas narrativas circulando al mismo tiempo. Y, sin embargo, rara vez el mundo ha estado tan confundido. No por falta de datos, sino por incapacidad para discernir lo verdadero de lo conveniente.

Cuando una sociedad pierde la inteligencia para reconocer la Verdad, ya no discute lo justo, sino lo útil; ya no busca el bien común, sino el equilibrio de fuerzas. En ese vacío, el poder —no la verdad— ocupa el lugar central.

Este es el núcleo de la confusión global contemporánea.

Los conflictos internacionales ya no se explican únicamente por intereses económicos o territoriales. Se explican, sobre todo, por la imposibilidad de establecer un criterio moral compartido. Cada bloque, cada gobierno, cada actor construye su propio relato, su propia “verdad”, cuidadosamente diseñada para justificar decisiones que, sin ese relato, serían difícilmente defendibles.

El problema no es que existan narrativas distintas; eso ha sido siempre parte de la política. El problema es que ya no existe una instancia superior a la narrativa misma. La verdad ha dejado de ser un criterio para convertirse en un instrumento. No se busca; se fabrica. No se reconoce; se impone.

En este contexto, la política deja de ser el arte de ordenar la convivencia hacia el bien común y se transforma en una técnica de administración del poder. La pregunta ya no es “¿qué es justo?”, sino “¿qué funciona?”, “¿qué conviene?”, “¿qué se puede imponer sin demasiada resistencia?”. La ética cede su lugar a la estrategia.

Aquí aparece uno de los grandes engaños de nuestro tiempo: el relativismo presentado como tolerancia. Se nos dice que nadie puede afirmar la verdad, que todo es opinable, que juzgar es una forma de violencia simbólica. Pero una sociedad que renuncia a juzgar el mal no se vuelve más pacífica; se vuelve más vulnerable. Donde todo es relativo, el más fuerte termina decidiendo qué es aceptable.

Así, el poder ocupa el lugar que la verdad ha dejado vacío.

Esta dinámica no es exclusiva de una ideología, de una nación o de un sistema político concreto. Por eso resulta insuficiente explicarla en términos de derecha e izquierda. La confusión es transversal. Atraviesa democracias y autoritarismos, discursos progresistas y conservadores, economías abiertas y cerradas. El denominador común no es el modelo político, sino la ausencia de un criterio trascendente que limite el poder.

Históricamente, la fe cristiana cumplió precisamente esa función: poner límites al poder. No para gobernar en su lugar, sino para recordarle que no es absoluto. La gran aportación del cristianismo a la política no fue la imposición de un sistema, sino la afirmación de una verdad superior al Estado, al gobernante y a la mayoría circunstancial.

Por eso la relación entre política y cristianismo nunca fue cómoda. Y no debería serlo. La Verdad cristiana no legitima automáticamente al poder; lo somete a juicio. Le recuerda que no todo lo legal es justo, que no todo lo posible es lícito, que la dignidad humana no depende del consenso.

Cuando esta referencia desaparece, la política no se vuelve neutral. Se vuelve arbitraria.

En el ámbito internacional, esto se traduce en una ética cambiante, aplicada según conveniencia geopolítica. Lo que hoy es condenado, mañana se justifica. Lo que en un contexto se presenta como crimen, en otro se redefine como necesidad estratégica. No porque la realidad haya cambiado, sino porque el criterio ha sido sustituido por el interés.

Aquí se comprende por qué la confusión actual no es simplemente informativa, sino moral. No sabemos qué pensar porque ya no sabemos desde dónde pensar. Sin una inteligencia orientada a la verdad, la razón se fragmenta, la conciencia se debilita y la política se reduce a un juego de fuerzas.

Recuperar la inteligencia para la Verdad no es, entonces, un lujo espiritual ni una nostalgia religiosa. Es una urgencia cultural y política. Sin verdad no hay libertad real, solo elección condicionada. Sin libertad, la política se vacía de sentido. Y sin un horizonte trascendente, el poder termina convirtiéndose en su propio criterio.

La confusión global que hoy vivimos no es un accidente histórico. Es la consecuencia lógica de haber expulsado a la verdad del centro del pensamiento humano. Mientras no se recupere esa inteligencia olvidada, el mundo seguirá discutiendo estrategias sin resolver lo esencial.

Porque cuando la verdad desaparece, el poder decide.

Y cuando el poder decide sin verdad, la confusión deja de ser un síntoma para convertirse en sistema.